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«Desde que no usa su arma legendaria, todo lo que no sea un hacha le sabe a poco.»

Desde los acontecimientos de la Cuarta Guerra, Thrall no está pasando por una buena época, más bien todo lo contrario: ha tenido que dejar su casa en Nagrand, ha perdido a su mejor amigo y el asunto del Concilio de la Horda no lo ve muy claro. Pero sin duda, lo que más le mina la moral, es no tener con él su arma legendaria, el «Martillo Maldito».

«Desde los acontecimientos del Legión, todo ha ido cuesta abajo. He intentado permanecer ajeno a todo lo que se venía, incluso cedí como muestra de buena fe mi arma legendaria. Llevaba muchos años en mi familia, es un legado lleno de historia, de sangre, de lucha, de honor… Un arma formidable. Me estoy arrepintiendo de habérsela cedido al adalid. Nunca volveré a tener un arma parecida.»

Y es que sin su Martillo Maldito, Thrall está de capa caída. No le encuentra un verdadero sentido a su vida.
Ahora en Shadowlands, podemos encontrarle vagando por las Fauces (un lugar tenebroso y horrible lleno de almas caídas en desgracia) en busca de un arma digna, que aunque nunca sustituirá a su legendario martillo, al menos que pueda hacerle recuperar esa gallardía del pasado.

«Voy encontrándome con minucias por mi travesía. Por ejemplo, una ballesta, ¿En serio? Prefiero atacar cara a cara, a puño limpio. Parece que pesa poco, pero no es lo que yo usaría. Eso se lo dejo a los cazadores. Encontré también un bastón, nunca me han ido los bastones (eso es algo que le dejo a Jaina, ya sabes, la reina del hielo), pero al menos es algo que no se rompería en una pelea. Oh, sí, en un momento dado me topé con un arma bastante aprovechable, aunque de empuñadura muy corta y hoja muy larga. Las espadas no son lo mío, ¿sabes? No entiendo la obsesión de la Alianza por estas armas, aunque menos es nada, supongo»

Pero entonces, a Thrall se le ilumina la cara mientras nos sonríe (bueno, todo lo que un orco puede llegar a sonreír) y nos enseña un hacha ¡ah, por fin un arma digna de un guerrero! Esto es lo mío, una hoja capaz de partir en dos el cuello de un kodo salvaje»
Desde luego, da bastante miedo verle hacer malabares con el hacha, pero a pesar de lo que pueda parecer, sigue siendo un hábil guerrero.

«Como suele decirse, el tamaño no lo es todo, pero sí la habilidad con la que se maneja un arma. Ya sabes, un hacha, JAJAJA»

Desde El Pergamino, nos encontramos entre sorprendidos y asustados. No es fácil ver a un orco reírse, y lo hemos visto dos veces en un mismo día.
Emprendemos el camino de vuelta, no sin antes preguntarle a Thrall si quiere aprovechar nuestro viaje de salida de las Fauces para regresar a Azeroth con nosotros, pero su respuesta no podría ser otra que:

«¿Estáis locos? ¿Ahora que tengo este pedazo de arma me voy a ir? No, de eso nada, aquí me quedo para rebanarle el cuello a muchos de estos seres inmundos, ahora soy imparable, ¡sangre y truenos!».